
– ¿Es la habitación de tu agrado?
– Sí, y la cena ha sido deliciosa.
– Por supuesto -su tono de voz indicó que las cosas siempre funcionaban así en su casa-. De no ser así, les habría mostrado mi desagrado a mis empleados. ¿Te importaría sentarte?
Señaló la silla situada enfrente del escritorio. Fue una orden, no una petición, y ella se sentó.
– Mi hija me ha contado algo sobre ti -dijo mientras se sentaba enfrente de ella-. Tu nombre es Holly y eres inglesa, concretamente de Portsmouth.
– No, no es así.
– ¿No le dijiste a Liza que vivías en Portsmouth? Ella cree que sí.
– Es un malentendido y se lo explicaré si me permite terminar -a pesar de su propósito de actuar con cautela, no pudo evitar que su voz denotara un tono de enfado.
Él se reclinó en su silla e hizo un gesto, indicándole que continuara.
– Soy de un pueblecito de la región central de Inglaterra. Portsmouth está en la costa sur y lo conozco porque he veraneado allí en ocasiones. Intenté explicarle eso a Liza, pero ese lugar significa mucho para ella. Así que le conté todo lo que podía recordar y supongo que ella se deshizo de la información que no le interesaba y se creó una idea distinta a la realidad. Se aferra a todo lo que pueda hacerle sentir algo de consuelo. Los niños lo hacen continuamente.
– Y no sólo los niños -murmuró él. Hubo un silencio-. Por favor, continúa.
– No sé qué más puedo contar.
– Nos enfrentamos a una complicada situación. Yo soy juez, y tú, una fugitiva.
– Eso no lo sabe -contestó desafiante-. No me reconocieron cuando me vieron en el compartimento.
– Muy astuta. Está claro que no saben mucho de la mujer que están buscando, ni siquiera que responde al nombre de Holly… o cualquiera que sea tu verdadero nombre.
Se mantuvo en silencio, observándola, y al ver que no decía nada, se encogió de hombros, y dijo:
– Por supuesto, podrías darme el nombre que quisieras.
