
Sin aviso, la persiana que estaba a su lado se subió y se encontró mirando a una niña pequeña. Tenía unos ocho años y parecía estar enfadada. Eso fue lo primero que Holly pudo captar antes de decidirse a actuar. Tardó un segundo en abrir la puerta del compartimento, entrar y volver a bajar la persiana.
Una mujer joven levantó la vista de su libro y abrió la boca para comenzar a hablar, pero Holly se le adelantó.
– Por favor, no hagan ruido. Necesito su ayuda desesperadamente.
Luego se dio cuenta de que estaba hablando en inglés. No le entenderían una palabra. Pero antes de que pudiera comenzar a usar su pésimo italiano, la niña empezó a hablar en inglés.
– Buenas tardes, signorina -dijo muy formal-. Mucho gusto en conocerte.
Su enfado se había desvanecido como por arte de magia. Estaba sonriendo muy segura de sí misma cuando le tendió su pequeña mano. Aturdida, Holly la estrechó.
– ¿Cómo… cómo estás?
– Estoy muy bien, gracias. Me llamo Liza Fallucci. ¿Cómo te llamas, por favor?
– Holly -respondió despacio, intentando entender lo que estaba pasando.
– ¿Eres inglesa?
– Sí, soy inglesa.
– Me alegra mucho que seas inglesa.
La niña sonreía, encantada, como si alguien le hubiera dado un gran y precioso regalo.
El tren frenó de repente, y la niña casi se cayó. La joven mujer alargó la mano para sujetarla.
– Cuidado, piccina. Todavía te flaquean las piernas.
Entonces Holly se dio cuenta. La pequeña no podía andar bien.
– Estoy bien, Berta.
Berta sonrió.
– Siempre dices lo mismo, pero quieres hacer demasiadas cosas y demasiado pronto. Estoy aquí para ayudarte.
– No quiero ayuda -respondió Liza tercamente.
