
Intentó sentarse sola, pero resbaló y la mano de Holly evitó que se cayera. En lugar de apartarla, Liza la agarró para mantener el equilibrio e incluso le permitió a Holly que la ayudara.
A Berta no pareció molestarle el desaire de la niña. Tenía veintitantos, era robusta y su cara era alegre y bondadosa.
– Lo siento -dijo Holly.
– No pasa nada -dijo Berta en inglés-. La piccina suele enfadarse conmigo, pero… odia no poder andar. Soy su enfermera.
– No necesito una enfermera. Ya estoy bien.
Esa pequeña sí que tenía carácter. Y, por el momento, era quien podría salvarla.
– Forse, ma… -se quejó Berta.
– Berta, ¿por qué hablas en italiano? Esta señora es inglesa y no te entiende.
– Entiendo un poco el italiano -comenzó a decir Holly, pero Liza la interrumpió.
– No, no, los ingleses nunca entienden otros idiomas. Hablaremos en inglés -miró a Berta con el ceño fruncido, claramente para decirle que se estuviera callada.
– ¿Cómo sabes que los ingleses no podemos hablar otros idiomas?
– Mi mami me lo dijo. Ella era inglesa y sabía hablar italiano, pero sólo porque llevaba mucho tiempo aquí. Ella y papi hablaban los dos idiomas.
– Por eso tu inglés es tan bueno, ¿verdad?
Liza sonrió, encantada.
– Mami y yo solíamos hablar en inglés todo el rato.
– ¿Solíais?
– La signora murió -dijo Berta.
Liza no respondió con palabras, pero Holly pudo sentir cómo la pequeña se agarró con fuerza a su mano.
– Prometió llevarme a Inglaterra. Dijo que algún día me llevaría.
– Creo que te gustará -le aseguró Holly.
– Háblame de Inglaterra. ¿Cómo es? ¿Es muy grande?
– Más o menos, igual de grande que Italia.
– ¿Conoces Portsmouth?
– Un poco. Está en la costa sur, y yo soy de la región central de Inglaterra.
– ¿Pero lo conoces? -Liza insistió con impaciencia.
