
Liza ya estaba agarrada al cuello de Holly tan fuerte que casi la ahogaba. Siguió abrazando a la niña y dándole todo el consuelo que podía.
Si se hubiera parado a pensarlo, se habría dado cuenta de que con su abrazo, Liza estaba ayudándola a ocultar su rostro, y de que con sus sollozos estaba evitando que el policía notara su acento inglés. Pero no lo pensó. Sólo le importaba aliviar la pena que Liza sentía.
Así que la abrazó más todavía y le susurró palabras de consuelo y cariño hasta que la pequeña empezó a calmarse.
El juez, que casi parecía haber estado en trance durante un momento, se levantó.
– Creo que debería marcharse. Mi hija no se encuentra bien y no le conviene alterarse.
El joven policía, que ya se había fijado en la silla de ruedas, asintió con la cabeza.
– Les dejaré tranquilos. Discúlpenme. Que tengan un buen día, signore, signorina.
Durante un rato viajaron en silencio. Holly buscaba la mirada del juez, intentaba leerla, pero sus ojos eran demasiados fríos e impenetrables.
– ¿Por qué lo ha hecho? -preguntó ella.
Miró a su hija como queriendo decir con ello que Liza era la respuesta a su pregunta.
– ¿Hubiera preferido la otra opción?
– Por supuesto que no, pero no me conoce…
– Eso tendrá solución cuando esté listo.
– Pero…
– Será mejor que no diga nada más. Pronto estaremos en Roma y entonces le diré todo lo que necesite saber.
– Pero cuando lleguemos a Roma, yo tendré que irme.
– Me parece que no -dijo de modo tajante.
– ¿Holly se viene a casa con nosotros? -preguntó Liza con una sonrisa.
– Por supuesto -respondió su padre.
– Pero… mi avión…
No respondió, pero Holly pudo ver por la expresión de sus ojos que era él quien tenía la última palabra. Liza entrelazó sus manos con las de Holly y sonrió a su padre, encantada.
– Gracias, papi -le dijo, como si acabara de hacerle un precioso regalo.
