
– Muy bien, así que…
– ¿Y eso qué importa? -preguntó Liza muy seria-. No importa cuánto hace que conoces a alguien. Tú lo decías.
– No creo que yo haya dicho…
– Sí que lo decías. Lo decías -Liza alzó la voz-. Dijiste que supiste inmediatamente qué personas iban a ser tremendamente importantes para ti. Tú y mami…
Sin aviso, rompió a llorar y no pudo seguir hablando. Holly esperaba que él abrazara a su hija, pero pareció que le pasaba algo. Su rostro había adquirido un matiz grisáceo, parecía como si la mención a la muerte de su esposa hubiera matado algo en sus adentros. Era como ver a un hombre convertirse en una tumba.
Las lágrimas de Liza se habían tornado en fuertes sollozos, pero aun así, él seguía sin abrazarla. Incapaz de soportarlo por más tiempo, Holly la sentó en su regazo y la pequeña acurrucó su cara contra ella.
En ese momento, la puerta del compartimento se abrió. Holly respiró hondo mientras el miedo la invadía. La policía estaba entrando y ella estaba en manos de un juez. No tenía esperanza.
Un hombre uniformado entró y se quedó paralizado al ver al juez, a quien claramente reconoció. Habló en italiano y Holly sólo pudo seguir vagamente lo que decía.
– Signor Fallucci, discúlpeme, yo no sabía… hay un pequeño problema.
– ¿Cuál es ese pequeño problema? -el juez habló como si le supusiera un gran esfuerzo.
– Estamos buscando a una mujer y creemos que está en este tren. Su nombre es Sarah Conroy.
El hombre tuvo que alzar su voz para que se le oyera por encima de los sollozos de Liza y se dirigió a Holly.
– Signorina, su nombre es…
Pero antes de que él pudiera terminar la pregunta, Liza levantó la cabeza. Tenía la cara colorada y seguía llorando cuando dijo:
– Se llama Holly y es mi amiga. ¡Márchate!
– Yo sólo…
– Se llama Holly -gritó-. ¡Y es mía, es mía!
– ¡Calla! -susurró Holly-. Agárrate a mí.
