
El destino adoptó la forma del enorme Burt Wesson, de los Washington Bullets. Hubo una colisión, un dolor lacerante y luego, nada.
– Fue espantoso -añadió Clip.
– Ya.
– Siempre me ha sabido mal lo que te pasó. Qué lástima.
Myron miró a Calvin Johnson. Calvin permanecía con la vista fija en otra parte y los brazos cruzados; sus suaves facciones negras semejaban un plácido estanque.
– Ya -repitió Myron.
– Por eso me gustaría concederte una segunda oportunidad.
– ¿Perdón? -dijo Myron, que parecía no haber oído bien.
– Tenemos un hueco en el equipo. Me gustaría contratarte.
Myron esperó. Miró a Clip. Después miró a Calvin Johnson. Ninguno de los dos se reía.
– ¿Dónde está? -preguntó.
– ¿El qué?
– La cámara oculta. ¿Es para el programa de Ed McMahon? Soy un gran admirador suyo.
– No es ninguna broma, Myron.
– Debería serlo, señor Arnstein. Hace diez años que no juego a baloncesto de competición. Me destrocé la rodilla, ¿se acuerda?
– Demasiado bien, pero como tú mismo has dicho, fue hace diez años. Sé que fuiste a rehabilitación para recuperarte.
– Y también sabrá que intenté volver. Hace siete años. La rodilla no resistió.
– Era demasiado pronto. Acabas de decirme que vuelves a jugar.
– Partidos amistosos los fines de semana. Es muy diferente de la NBA.
Clip desechó el argumento con un ademán.
– Estás en forma. Hasta te has ofrecido a hacer flexiones.
Myron entornó los ojos, miró a Clip y luego a Calvin Johnson, cuyos rostros permanecían inexpresivos.
– ¿Por qué tengo la sensación de que algo se me escapa? -preguntó.
Clip sonrió por fin. Miró a Calvin Johnson. Calvin forzó una sonrisa.
– Tal vez debería ser menos… -Clip hizo una pausa, mientras buscaba la palabra- oscuro.
– No estaría mal.
– Quiero que entres en el equipo. Me da igual si juegas o no.
