
– Hace de taxista. Sí, señor, conduce un jodido taxi. Dice que le acerca al hombre de la calle. No aparece en actos públicos. No concede entrevistas. Ni siquiera participa en festivales benéficos. Viste como alguien salido de una comedia de enredos de los años setenta. Está como una cabra.
– Lo cual hace que sea inmensamente popular entre los aficionados -dijo Myron-. Y como consecuencia, se venden más entradas.
– De acuerdo -admitió Clip-, pero eso sólo sirve para reforzar mis argumentaciones. Si llamamos a la policía, podría ser perjudicial tanto para él como para el club. ¿Te imaginas el circo que montarían los medios?
– No sería conveniente -admitió Myron.
– En efecto. Supón que Greg está descansando en French Lick o en cualquier pueblo de mala muerte al que vaya a pescar o a hacer cosas por el estilo. Joder, no acabaríamos nunca. Sin embargo, sospecho que está tramando algo.
– ¿Tramando algo?
– Sí, aunque no lo sé. Son simples elucubraciones, pero no necesito un jodido escándalo. Y menos ahora, con los play off encima. ¿Sabes a qué me refiero?
No del todo, pero Myron decidió dejarlo correr por el momento.
– ¿Quién más está enterado?
– Sólo nosotros tres.
Los de mantenimiento ya habían montado las canastas. Después, empezaron a poner asientos adicionales. Como la mayor parte de las pistas, en la de Meadowlands se ponen más asientos para el baloncesto que para el hockey, en este caso unos mil. Myron tomó otro sorbo de Yoo-Hoo y dejó que resbalara por su lengua. Esperó hasta que se deslizara por su garganta y formuló la pregunta evidente.
– ¿Dónde encajo yo?
Clip vaciló. Su respiración era profunda, casi forzada.
– Sé que pasaste unos años en el FBI -dijo por fin-. No conozco los detalles, por supuesto. Ni siquiera vagamente, pero lo suficiente para saber que tienes experiencia en estos asuntos. Queremos encontrar a Greg. Sin hacer ruido.
