
Myron no dijo nada. Por lo visto, su trabajo «confidencial» para los federales era el secreto peor guardado de Norteamérica. Clip bebió otro trago de whisky. Miró el vaso lleno de Calvin y después a Calvin. Éste bebió por fin. Clip volvió a fijar su atención en Myron.
– Greg está divorciado -continuó-. En esencia, es un solitario. Todos sus amigos, joder, todos sus conocidos, son compañeros de equipo. Constituyen su grupo de apoyo, si lo prefieres así. Su familia. Si alguien sabe dónde está, si alguien lo ayuda a esconderse, ha de ser uno de los Dragons. Te seré sincero. Esos tipos son unos engreídos; están convencidos de que nuestra misión en la vida es servirles y que su principal enemigo es la directiva del club. Nosotros contra el mundo y toda esa mierda. No nos dirán la verdad. No dirán la verdad a los periodistas. Y si les abordas como una, digamos, «entidad parásita», tampoco hablarán contigo. Has de ser un jugador. Es la única manera de ganarte su confianza.
– O sea, quiere que entre en el equipo sólo porque necesita encontrar a Greg. -Myron parecía indignado, aunque no era su intención. Advirtió que los otros dos también se habían dado cuenta. Sintió vergüenza y se ruborizó.
Clip apoyó una mano en su hombro.
– He hablado en serio, Myron. Podrías haber sido uno de los grandes. Uno de los mejores.
Myron bebió un gran trago de Yoo-Hoo.
– Lo siento, señor Arnstein, pero no puedo ayudarle.
– ¿Qué? -dijo Clip, con el ceño fruncido.
– Tengo una profesión. Soy agente deportivo. Me debo a mis clientes. No puedo abandonarlo todo así como así.
– Cobrarás la paga mínima pactada para los jugadores, lo que significa doscientos mil dólares brutos. Y sólo faltan un par de semanas para los play off. Seguirás hasta entonces pase lo que pase.
– No. Mis días de jugador terminaron hace tiempo. Además, no soy detective privado.
– Pero necesitamos encontrarlo. Podría estar en peligro.
