El Giros los tenía bastante apretados. Había pocas pruebas seguras que manifestaran que la hija de Henry Prager, Stacy, había dejado el escenario del accidente en el que se pilló y se mató a Michael Litvak, de tres años, pero en estas circunstancias no hacían falta pruebas contundentes. Giros tenía el nombre del taller donde se reparó el coche de Prager, los nombres de la gente del Departamento de Policía y de la oficina del Fiscal a quien se había sobornado, y otras cositas que servirían. Si dieras toda la información a un reportero investigador, no podría dejarlo.

El material sobre Beverly Ethridge era más gráfico. Podría ser que las fotos solas no fueran bastante. Había un par de fotos en color de diez por trece y una media docena de cortes de película de unas cuantas secuencias cada una. Estaba ella completamente identificable durante todo el tiempo y no cabía duda de lo que estaba haciendo. Podría ser que esto en sí no fuera a perjudicar tanto. Muchas cosas que hace la gente en su juventud para divertirse se disculpan al pasar unos cuantos años, sobre todo en esos círculos sociales donde cada uno tiene sus secretos.

Pero el Giros había investigado, como había dicho. Había seguido la pista de la señora Ethridge, entonces Beverly Guildhurst, desde el momento en que dejó Vassar en su bachillerato. Descubrió una detención en Santa Bárbara por prostitución, sentencia suspendida. Hubo una detención en Las Vegas por drogas, rechazada por falta de pruebas, con una fuerte implicación de que algún dinero de la familia le había salvado el pellejo. En San Diego montó un negocio de timos con un socio que era un chulo conocido. Se malogró una vez, ella le dio la vuelta a la acusación del fiscal y le dieron otra suspensión y a su socio le cayeron de uno a cinco años en Folsom. La única vez que pasó ella tiempo en la cárcel, que supiera Giros, fueron quince días por estar borracha y alteración del orden público.



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