
Luego volvió y se casó con Kermit Ethridge, y si no hubiera salido su foto en el periódico en un mal momento, se habría librado completamente.
El material Huysendahl era difícil de tragar. La evidencia documental no era nada especial: los nombres de unos chicos prepubescentes y las fechas en las cuales, según se afirmaba, Huysendahl había tenido relaciones sexuales con ellos; una colección de historiales de un hospital, indicando que Huysendahl había pagado el tratamiento por lesiones internas y laceraciones a un tal Jeffrey Kramer de once años. Pero las fotos no te dejaban con la sensación de estar mirando al candidato para el próximo gobernador del estado de Nueva York.
Había exactamente una docena de ellas y mostraban un repertorio bastante completo. La peor mostraba al compañero de Huysendahl, un joven y delgado negro, con la cara retorcida de dolor mientras Huysendahl le penetraba por el ano. En esa foto, el crío estaba mirando justo a la cámara, como en varias otras, y era posible que la expresión facial de agonía no fuera más que teatro, pero esa posibilidad no iba a prevenir que nueve entre diez ciudadanos normales colocaran un dogal en el cuello de Huysendahl y le colgaran de la farola más próxima.
Capítulo 4
A las cuatro y media de esa tarde estaba en la recepción de la planta veintidós de un edificio de oficinas hecho de cristal y acero en Park Avenue, a la altura del número 40. La recepcionista y yo estábamos solos. Ella estaba detrás de una mesa de ébano en forma de «U». Tenía la piel un poquito más clara que la mesa, y llevaba el pelo al estilo afro, muy corto. Yo estaba sentado en un sofá de vinilo del mismo color que la mesa. La pequeña mesa Parson a mi lado estaba cubierta de revistas: Foro de Arquitectura, Investigación y Ciencia, un par de revistas de golf, la edición de la semana pasada de Deportes Ilustrados. No pensaba que me fueran a decir nada que quisiera saber, así que las dejé allí y miré un pequeño óleo en la pared del fondo.
