Capítulo 1

Durante siete viernes seguidos recibí sus llamadas telefónicas. No siempre estaba para recibirlas. Eso no importaba porque no teníamos nada que decirnos. Si no estaba cuando llamaba, al regresar al hotel habría un mensaje en mi buzón. Le echaba un vistazo, lo tiraba a la basura y me olvidaba de él.

El segundo viernes de abril, no llamó. Pasé la tarde en Armstrong's, a la vuelta de la esquina, bebiendo bourbon y café y observando a dos estudiantes de Medicina que intentaban impresionar, sin éxito, a dos enfermeras. El sitio se vació temprano por ser viernes, y sobre las dos Trina se fue a casa y Billie cerró la puerta para mantener a raya a la Novena Avenida. Tomamos un par de copas más y hablamos de los Knicks y de cómo todo dependía de Willies Reed. A las tres menos cuarto, cogí mi abrigo de la percha y me fui para casa.

No había mensajes.

Eso no tenía por qué significar nada. Nuestro acuerdo era que llamaría por teléfono todos los viernes para decirme que seguía vivo. Si estaba yo para recibir la llamada, nos saludaríamos. De otro modo, dejaría un mensaje: «Su lavandería está preparada». Pero podía ser que se le hubiera olvidado, o que estuviera borracho o cualquier otra cosa.

Me quité la ropa, me metí en la cama y me eché de lado, mirando afuera por la ventana. Hay un edificio de oficinas a diez o doce manzanas de aquí donde dejan encendidas las luces toda la noche. Se puede calcular el nivel de contaminación con bastante exactitud por el parpadeo de las luces. Aquella noche no sólo parpadeaban, sino que tenían un matiz amarillento.

Me di la vuelta, cerré los ojos y pensé en la llamada que no había recibido. Decidí que no se le había olvidado y que no estaba borracho. El Giros estaba muerto.


Le llamaban el Giros por un hábito que tenía. Llevaba un dólar antiguo de plata como amuleto de buena suerte. Lo sacaba del bolsillo del pantalón en todo momento, lo apoyaba en la superficie de la mesa con el dedo índice de la mano izquierda, movía el dedo corazón y le daba vueltas. Si te hablaba, sus ojos se quedaban fijos en la moneda girando y parecía que dirigía las palabras tanto al dólar como a ti.



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