La última vez que yo había presenciado esa actuación, fue un día de semana por la tarde a principios de febrero. Me encontró en la mesa de la esquina donde solía sentarme en Armstrong's. Estaba vestido muy elegante, al estilo Broadway: un traje de color gris perla muy llamativo, una camisa gris oscuro con monograma, un alfiler de corbata de perla, y llevaba un par de esos zapatos de plataforma que te dan cuatro centímetros extras de altura, más o menos. A él le subían a uno sesenta y siete o uno sesenta y ocho. El abrigo que llevaba colgado del brazo era de color azul marino y parecía ser de cachemir.

– Matthew Scudder -dijo-. Estás igual, ¿y hace cuánto que no nos vemos?

– Un par de años.

– Demasiado tiempo, maldita sea.

Puso el abrigo en una silla vacía, acomodó su maletín encima y colocó un sombrero gris de ala estrecha sobre él. Se sentó al otro lado de la mesa y sacó su amuleto del bolsillo. Le miré ponerlo en marcha.

– Demasiado tiempo, joder, Matt -le dijo a la moneda.

– Tienes buen aspecto, Giros.

– He tenido una racha de buena suerte.

– Eso siempre viene bien.

– Mientras continúe.

Se acercó Trina y pedí otro café y una copa de bourbon. Giros la miró y frunció la pequeña y delgada cara en una expresión interrogante.

– Jo, no sé -dijo-. ¿Me puede traer un vaso de leche?

Ella respondió afirmativamente y se fue a por él.

– Ya no puedo beber -dijo-. Es esta jodida úlcera.

– Dicen que va con el éxito.

– Va con el agobio, ¿sabes? El médico me dio una lista de lo que no puedo comer. Incluye todo lo que me gusta. El colmo: voy a los mejores restaurantes y sólo puedo pedir un plato de jodido queso fresco.



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