
Aquí, de este lado, los dos niños recibían asistencia en su rincón, como de costumbre, sin advertir ningún cambio que pudiera afectarlos. Eso dejaba a ocho niñas como Maia, esparcidas cerca de las heladas ventanas. Las había rubias y morenas, más altas o más delgadas. Una tenía pecas, otra el cabello rizado. Lo que tenían en común eran sus diferencias.
¿Era esto lo que significaba tener un padre?, se preguntó Maia. Todo el mundo sabía que los niños del verano eran más raros que los invernales, un hecho que antaño la hacía sentirse orgullosa, hasta que comprendió que, al fin y al cabo, ser «especial» no era ninguna suerte.
Recordó las tormentas de verano, el olor de la electricidad estática y el tamborileo de la lluvia sobre los tejados de Puerto Sanger. Cada vez que las nubes se alzaban, las titilantes cortinas del cielo bailaban como gigantes de seda en las lejanas colinas de la tundra, muy lejos de las puertas cerradas de la ciudad. Ahora, las constelaciones invernales sustituían el sedoso espectáculo del verano, brillaban sobre un plácido mar salpicado de escarcha. Maia ya sabía que los cambios de estación tenían relación con los movimientos de Stratos alrededor de su sol. Pero aún no había advertido qué tenía eso que ver con que los niños nacieran diferentes o iguales.
¡Espera un segundo!
Asaltada por una idea, Maia corrió hacia el armario donde se guardaban los juguetes. Cogió con ambas manos un gastado espejo de mano y se lo llevó hasta donde estaba sentada otra niña morena de su misma edad que jugaba con varios soldados de juguete, arreglándoles las espadas y cepillando sus melenas. Maia tendió el espejo, comparando su rostro con el de la otra niña.
