
—¡Tengo el mismo aspecto que tú! —anunció. Se volvió y llamó a Sylvina—. ¡No puedo ser una var! ¿Ves? ¡Leie es igual que yo!
El triunfo se difuminó cuando las demás se rieron, no sólo las niñas rubias, sino la habitación entera. Maia miró a Leie con el ceño fruncido.
—P-pero, tú eres igual que yo. ¡Mira!
Ajena al coro de «¡Var! ¡Var!» que hacía arder las orejas de Maia, Leie ignoró el espejo y tiró del brazo de ésta, haciéndola caer de golpe en el suelo, a su lado. Leie puso uno de los soldados de juguete en el regazo de Maia, y luego se inclinó hacia delante y susurró:
—¡No seas idiota! Tú y yo tuvimos el mismo padre. Nos iremos en su barco algún día. Navegaremos, y veremos una ballena, y nos montaremos en su cola. Eso es lo que hacen los niños del verano cuando crecen.
Tras esta sorprendente revelación, Leie siguió cepillando tranquilamente el brillante cabello de su soldado de madera.
Maia se quedó con el otro muñeco en la mano abierta, el espejo en la otra, sopesando lo que había aprendido. A pesar del aire de seguridad de Leie, su historia parecía tan tonta como lo que la propia Maia había dicho. Sin embargo, había algo sorprendente en la actitud de la otra niña… su forma de hacer que una mala noticia resultara buena.
Parecía motivo suficiente para que se hicieran amigas. Incluso uno mejor que el hecho de ser tan idénticas como dos estrellas en el cielo.
PRIMERA PARTE
Nunca subestiméis el viaje en el que nos hemos embarcado, ni lo que dejamos a sabiendas. Admitamos desde el principio, hermanas mías, que los compañeros que nos otorgó la naturaleza tuvieron sus usos, sus momentos. La fuerza y la intensidad masculinas han logrado, en ocasiones, cosas nobles y hermosas a la vez.
