Por más que trató de concentrarse en el tráfico y en los acontecimientos probables de ese día, Mary no pudo apartar de su mente el recuerdo del muchacho. Si hubiera habido en él algo afeminado, si su rostro hubiera sido simplemente bonito o hubiera irradiado alguna indefinida aura de brutalidad, lo habría olvidado con la facilidad con que su larga autodisciplina la había acostumbrado a olvidar cualquier cosa desagradable o inquietante. ¡Por Dios! ¡Qué hermoso era, cuán definitiva y turbadoramente hermoso!

Luego recordó que Emily Parker había dicho que los obreros terminarían su trabajo ese día; mientras se esforzaba por concentrarse en la conducción del vehículo, en el reverberante y refulgente calor del día, todo pareció que se opacaba un poco.

3

Una vez que Mary Horton se marchó y que la manguera quedó tirada, el director del coro de cigarras de la adelfa emitió un profundo y resonante «¡Briiik!», el cual fue contestado por la diva soprano, dos arbustos más allá. Una a una, las demás cigarras se unieron al coro: tenores, contraltos, barítonos y sopranos hasta que el candente sol llenó de tal potencia de sonido sus minúsculos cuerpos de un verde iridiscente, que tornaba inútil el intentar sostener una conversación cerca de los arbustos. El ensordecedor coro se extendió, brotando de las acacias, yendo hasta los gomeros en flor, y trasponiendo los cercos para llegar a las adelfas de las veredas de la calle Walnut y luego a los laureles que dividían las propiedades de Mary Horton y de Emily Parker.

Los atareados obreros apenas si notaron a las cigarras hasta que se vieron obligados a hablarse a gritos mientras que, con sus paletas, tomaban buenas porciones de cemento del gran montón que Tim Melville seguía llenando y las arrojaban -¡splash!- contra las rojas paredes de ladrillo del bungalow de la señora Parker.



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