Obviamente, pertenecía a la cuadrilla de constructores de Harry Markham, pues llevaba el uniforme del contratista, consistente en unos pantalones cortos de color caqui, cuyas piernas estaban enrolladas de tal modo que la curva inferior de las nalgas quedaba al descubierto y la pretina de la cintura se detenía en las caderas. Aparte de los pantaloncitos y de un par de calcetines gruesos de lana doblados sobre unas burdas botas de obrero, el muchacho no llevaba encima ninguna prenda; ni camisa ni chaqueta ni sombrero.

De pie, en esos momentos, de perfil, brillaba bajo el sol como si fuera de oro recién vaciado, con unas piernas de contornos tan bellos que Mary se imaginó que era un corredor de largas distancias; en verdad, ésa era la estampa de su cuerpo espigado, esbelto, lleno de gracia; las líneas del torso, al volverse hacia ella, se estilizaban gradualmente desde los anchos hombros hasta las caderas exquisitamente estrechas.

Y el rostro… ¡Oh, el rostro! Era perfecto. La nariz era breve y recta, los pómulos altos y pronunciados, la boca tiernamente curvada. En donde la mejilla se desvanecía sobre la comisura de la boca, el lado izquierdo, tenía un pequeño pliegue, y ese surco minúsculo le imprimía un toque de tristeza, le daba un aire de perpleja e infantil inocencia. El cabello, las cejas y las pestañas eran del color del trigo maduro y espléndidos bajo el brillante sol sus grandes ojos eran de un azul intenso y vivido.

Cuando se percató de que ella lo contemplaba, el joven le sonrió alegremente, y la sonrisa le cortó a Mary Horton la respiración con un espasmo incontrolado. Nunca, en toda su vida, se le había cortado el aliento de esa manera; horrorizada de verse hechizada por su belleza extraordinaria, se lanzó rápidamente a refugiarse en su automóvil.

El recuerdo de él no la abandonó en todo el camino durante el tiempo que duró el viaje hasta el centro comercial de la parte norte de Sydney, donde la «Constable Steel & Mining» tenía su edificio de oficinas de cuarenta pisos.



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