Lo tomé de la frente, fría y mojada, y con el otro brazo le palmoteé la espalda.

– Eso. Sácalo todo para afuera.

Hay veces en que uno sólo puede estar en el lugar del mundo que importa, ayudando a sólo una persona. Pocos tienen la suerte de estar justo ahí. Y los que están, por lo general huyen. Se asustan. Hace un rato, creo, estuve donde tenía que estar. Es una gran sensación saber que estás haciendo lo correcto. Martín, me parece, se percató. A todos alguna vez nos han ayudado, y la sensación de haber sido acogido cuando se estuvo más perdido es de tal intensidad, que uno termina sintiéndose en deuda no tanto con esa persona, sino consigo mismo. Es como si a lo largo de los años el deseo de retribuir ese apoyo aumentara. El deseo de ayudar a otro tal como te ayudaron a ti comienza a embargarte y a no dejarte tranquilo. Este era el momento, el instante en que debía devolverle la mano al pasado. Martín se percató. Paró de vomitar y de llorar y comenzó, ahí, sentado en la cuneta, a hablar. A hablar como nunca lo había hecho. Yo lo escuché. Atento.

Mientras balbuceaba me acordé de Benjamín, de cuando era niño y yo llegaba borracho; fue un dolor tan punzante que me ardió y me hizo caer también al pasto húmedo. No es fácil darse cuenta de cuánto uno ha perdido, a cuánta gente ha dañado. No pude dejar de llorar y de sentir que no era casualidad, que esta vez sí iba a estar presente cuando me necesitaran, tal como una vez, en una situación aterradoramente parecida, el viejo Saúl Faúndez me habló como nadie me había hablado.



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