– Me voy contigo -me dijo Vergara atajando la puerta del ascensor.

– ¿Qué?

– Que me voy de aquí.

– No confundas ficción con drama, cabro huevón.

– Me quiero ir.

– Yo que tú me quedaría. Aprovecha, que después se acaba, pendejo.

– Quiero hablar contigo. ¿Te da miedo?

En el ascensor sentí su olor a trago y bajo la luz blanca lo vi pálido y terminal.

– Déjame en mi casa. En Los Dominicos.

– Oye, puedes pagarte un taxi.

Cuando no pude abrir mi auto a la primera, me di cuenta de mi mal estado, pero frente a Vergara parecía recién despierto.

– Sácame la chucha si quieres -me dijo él-, pero llévame lejos de aquí. Quizás no me creas, pero estoy realmente mal.

Traté de echarlo, pero él abrió una de las puertas de atrás, se estiró y se durmió de inmediato. Manejé unas cuadras, y al llegar a un semáforo intermitente le grité que se despertara, que me diera instrucciones. Por el retrovisor vi que resucitaba.

– No me siento bien… Estoy débil.

– Apoquindo y General Blanche. No sigo más lejos.

Incapaz de hacerlo bajar, cambié de rumbo y viré a la izquierda. Tiene que haber pasado un minuto cuando sentí el viento colándose en el auto. Miré nuevamente por el retrovisor. Vergara tenía el libro en la mano, abierto, lloraba sin ruido y miraba un punto fijo en la calle.

– A Martín -me dijo-. El orgullo de cualquier padre.

Después, entre lágrimas, agregó:

– Tú ni siquiera te imaginas lo que hago con tal de estar vivo.

– Escribes.

– ¿Y? Como si a ti te hubiera servido de mucho.

Entonces oí las arcadas y le vi la cara; frené el auto.

– Para, para.

Estábamos en una calle con árboles y muros. Vergara alcanzó a abrir la puerta pero cayó al suelo, besando el pavimento. Martín se ahogaba, el vómito no tenía por donde salir. Lo agarré del torso, lo levanté y mientras vomitaba en forma desesperada, entre sollozos, como negándose a hacerlo, sentí que más allá de su prosa privilegiada o sus conquistas amorosas o ese afán triunfalista y seguro, debajo de todo eso, había un niño perdido, a punto de caer, que se hundía en un remolino de angustia y destrucción.



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