Martín se saltó el vagabundeo generacional por Perú y Ecuador. Gloria, su supuesta novia, viajó sola con el resto de sus amigos de la universidad. Vergara decidió que era más rentable quedarse acá en Santiago durante estas vacaciones para aprender el oficio y sumar contactos.

¿Cómo sé todo esto? Lo intuyo. Verán, años atrás, cuando recién comenzaba a afeitarme, también yo decidí saltarme una expedición con mochila al hombro por la entonces recién inaugurada Carretera Austral. Consideré que pasar el verano en la sala de redacción de un tabloide sería mucho más iluminador que un paseo por los hielos. Y acerté. Por única vez en mi vida. Martín Vergara, en cambio, se está perdiendo una gran aventura, y por algún motivo me siento culpable. Doblemente culpable. Por mucho que lo intente, yo nunca podré hacer por él lo que Saúl Faúndez hizo por mí. Faúndez me moldeó a punta de gritos e insultos. Convirtió a un atado de nervios autista y soñador en algo parecido a un hombre. Faúndez me tiró agua a la cara cuando yo aún estaba durmiendo.

El asunto es que continúo trabajando en Santiago como si tuviera mil veranos por delante. Aquí estoy, fondeado, esperando mis vacaciones de marzo en Europa vía canje publicitario, viático incluido. Pero marzo ni siquiera se vislumbra todavía en mi agenda. Mientras tanto, mato el tiempo, edito números anticipados en esta oficina con vista al cerro Santa Lucía y converso con Martín Vergara como si fuera un viejo amigo perdido al que he echado mucho de menos.


Desde el instante en que se presentó ante nosotros como alumno en práctica, Martín Vergara se transformó en el centro de la atención de esta predecible y curiosamente admirada revista de tarjeta de crédito con pretensiones literarias, turísticas y encima culturales que tengo la suerte (no el honor) de dirigir.

Obtuve este puesto gracias al gerente general del banco que emite la tarjeta. Leyó mi libro y concluyó que en mí confluían los dos mundos que él deseaba aunar en su proyecto: el sentido práctico y perspicaz del periodista, y la creatividad, el caché y el status de un escritor.



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