
No hace mucho, en un almuerzo que clausuraba un abierto de golf, el gerente general me confesó por qué se había fijado en mí a la hora de reemplazar a su antiguo editor. El gerente, por cierto, no estaba deslumbrado con mi primer y único libro (encontró los cuentos raros y difíciles); tal como intuí, era un entusiasta admirador de mi primera (y también única) telenovela donde, entre los cientos de personajes que chocaban entre sí, había algunos periodistas de dos o tres medios de prensa ficticios que cautivaron su atención.
No solamente el gerente del banco se cuenta entre mis fans. Región Metropolitana ha sido el culebrón que más sintonía le ha dado al canal. O a cualquier canal. Han pasado más de diez años desde el histórico último capítulo y aun así todas las producciones dramáticas se siguen midiendo con esa vara que tuve la desgracia de poner tan alta. El éxito de la serie (inspirada en Manhattan Transfer, de Dos Passos) fue tan abrumador que la alargué. Lo que concebí inicialmente para tres meses terminó durando más de un año y medio. Dicen que en todo arte el verdadero talento consiste en saber cuándo parar. Yo no me detuve nunca. Seguí y seguí. Supongo que entretuve a muchos, pero no emocioné a nadie. Algunas veces culpo al medio. La mayoría de las veces a mí mismo.
Martín no oculta su aprecio y su admiración por mí, lo que no deja de conmoverme. Me ha llenado de un inesperado sentimiento de responsabilidad que ojalá me lo hubiera gatillado el nacimiento de mi hijo Benjamín.
