– ¿Eres sordo o tonto?

– Ninguna de las dos cosas, señor.

– ¿Qué miras?

– Diario masivo y popular.

– «Clamor popular.» Así nos dicen. ¿Tienes algún problema con eso?

– No, señor.

– Aquí no tenemos vocación de minoría, ¿me oíste? Y esto va para los cuatro. Quiero que lo tengan claro. Aquí no van a escribir para seducir al profesor o pasar de curso. Si logran publicar algo en El Clamor, los van a leer miles, para no decir millones. Van a poder cambiar vidas. Tendrán la posibilidad de influir, de meterse en la mente de los lectores como un dedo se mete en una chucha apretada. Ahora bien, joven, en qué sección quiere desempeñarse durante este verano que ya se nos vino encima, por la puta.

Alfonso Fernández se ve inocente, nuevo, mojado detrás de las orejas, recién bautizado. Tiene el pelo levemente crespo y pareciera que aún no ha quemado todas sus onces con pan con palta. Sus modales están bien aprendidos aunque se come las uñas. Luce un terno de segunda, heredado, gris claro, el mismo con que se graduó en los Padres Franceses de Valparaíso hace un par de años. A su lado está Nadia Solís, crespa y morena, motuda, tez color canela fresca, ojos como aceitunas de Azapa. Viste un peto negro y una chaqueta de lino mostaza que vanamente intenta esconder lo que ya está a la vista.

– ¿Tú eres Fernández?

– Sí, señor.

– ¿El de la beca Presidente de la República?

– No, crédito fiscal no más. En la Universidad de Chile.

– Si sé, un colega mío te hace clases. Bascuñán, ¿lo ubicas?

– Es muy buen profesor.

– Es como el pico. No es capaz de diferenciar una coma de un punto seguido.

Cuando Omar Ortega Petersen grita, las venas de su cuello resaltan. Fernández lo mira aterrorizado. No es para menos. Omar Ortega Petersen, subdirector de El Clamor, alias «el Chacal Ortega» en el gremio, es toda una leyenda negra, un hombre con mucho poder, mejores contactos y toneladas de enemigos.



20 из 250