Incluso en la Escuela de Periodismo, mientras juegan pimpón o enrollan pitos en la sala de fotografía, los alumnos intercambian los innumerables cuentos y mitos que rodean al Chacal. Por mucho que El Clamor sea propiedad de la familia Rolón-Collazo, todo el ambiente sabe que el viejo Leónidas no es más que un títere entre los peligrosos hilos de Ortega Petersen. Alfonso Fernández vuelve a sus uñas.

– Ya, relájate, no te vas a comer todo esos dedos aquí.

Ortega Petersen se ve mayor que en la foto que adorna su columna diaria Pan, pan/Vino, vino, costado derecho de la página 3, donde es famoso por contar lo que otros diarios no cuentan, por quebrar el off-the-record que sus reporteros prometen a sus fuentes, y por lisa y llanamente transformar la tinta en veneno.

– Nunca vayas a comerte las uñas frente a un entrevistado. Creerá que tienes miedo. Son ellos los que tienen que tenerte miedo a ti. Se supone que somos el Cuarto Poder, pero como en este país la justicia no es más que un montón de edificios mal calefaccionados, en el fondo somos el Tercero. Tercero, ¿te queda claro? Y, si nos esforzamos, a veces somos el Segundo.

El Chacal es notoriamente más petiso de lo que el público se imagina. Su prosa quema y duele y su voz, que emana furiosa todos los días a las ocho de la mañana por Radio Libertador, es de barítono popular. Pero lo más impresionante de Ortega Petersen es su pecho, la manera en que su apretadísima polera de lycra verde destaca sus músculos pectorales. Su tórax es tan ancho como el de una paloma y sus brazos son de luchador libre. En el diario dicen que parece una pirámide invertida, la famosa piedra angular de toda crónica periodística: la mayor cantidad de información arriba, donde se ve, para ir bajando hasta desaparecer. Para tener setenta años está claro que, tal como se rumorea, Omar Ortega Petersen hizo un pacto con el diablo.



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