– Clay…

El que contrató a las sirenas para seducir a los marinos debía haber oído antes la voz de Liz.

– Ya voy, encanto.

Apagó la lámpara del sofá y avanzó hacia ella.

A los diecisiete años ella había sido una cosita vulnerable, insolente, vivaz y dulce. Entonces él la adoraba y nunca había sido tan feliz como cuando ella se fue a la universidad. En las raras ocasiones en las que ella, volvió a Ravensport durante los pasados diez años, él se había mantenido cuidadosamente lejos. No la había tocado cuando ella tenía diecisiete años, pero cómo había deseado hacerlo.

El tiempo no había modificado las reglas. Los perdedores no tocan a las damas, por muy seductoras que fueran aquella lánguida sonrisa y aquellas piernas. Liz había sido y sería siempre una dama. Aunque en ese momento no fuera consciente de serlo.

Ella se tambaleó hacia él. Su ceño fruncido parecía indicar que una enorme y monumental batalla filosófica estaba teniendo lugar en su mente, pero cuando llegó hasta él, ella sólo murmuró:

– Hola.

Él estuvo a punto de sonreír. En cambio, le pasó un brazo por los hombros antes de que volviera a derrumbarse.

– Hola.

– La cuestión es… -ella calló para bostezar-. Siempre te he amado, Clay.

– Seguro -dijo él, empujándola hacia la puerta.

Ella se detuvo a mitad de camino. Arqueó una fina ceja rubia.

– Me parece recordar… haber hecho esto antes.

– Mmmm.

– Estuve casada, ¿lo sabías?

– Sí.

Ella hablaba de un modo tan confuso que apenas podía entenderla. Además, estaba concentrado en dirigir 55 kilos hacia la puerta.



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