
– Ya no estoy casada.
– Lo sé.
– El matrimonio es… un infierno.
– Eso he oído.
Ella seguía hablando con las manos. En medio del pasillo hizo algo más que hablar con ellas. Se volvió y le pasó los brazos por el cuello. Alzó hacia él sus luminosos ojos grises y sus caderas iniciaron un giro que elevó la temperatura del cuerpo de Clay.
Él le retiró los sedosos mechones de la frente e intentó imaginar a una colegiala de diecisiete años con trenzas. No funcionó. Aquella niña-mujer había estado llena de orgullo e inocencia y había despertado los instintos de protección de un hombre. En diez años todo había cambiado. La niña-mujer se había transformado en toda una mujer. Pero él seguía aferrándose al mismo instinto. No había esperado encontrarse con Liz aquella noche. Hablaba frecuentemente con el hermano de ella, Andy, pero Andy nunca le había comentado que Liz había conseguido el divorcio ni que había vuelto a casa. Su visita a casa de Andy había sido improvisada y, si hubiera sido más sensato, habría dejado solos a los hermanos.
Clay nunca había sido muy sensato. Acarició con la palma la pálida mejilla de Liz. Estaba tan condenadamente delgada que un soplo de viento podría haberla arrastrado. Nada más verla, había comprendido que estaba agotada y peligrosamente al borde del colapso. Ella no había dejado de sonreír falsamente, hablar y mover las manos. Sus ojos tenían una expresión dolida y su piel estaba más blanca que el papel. Andy le había dirigido a Clay una mirada de desánimo. No sabía que hacer con una mujer que se estaba viniendo abajo.
Clay sí, pero el alcohol debería haber hecho efecto ya. Lo había añadido a la limonada porque recordaba que a ella antiguamente le gustaba mucho. Pero había olvidado que Liz era lo bastante cabezota como para desafiar la gravedad… y al alcohol.
– Bésame, Clay
Sus labios rozaron obedientemente los de ella. Liz tenía una boca pequeña con el labio superior nítidamente dibujado y el inferior más generoso. Su frágil cuello se arqueó hacia atrás invitando a la presión de un beso de amante. El áspero pulgar de Clay acarició la suave piel. Ella sabía a limón y olía a primavera. El hombre que había provocado la desesperación de su mirada tenía mucha suerte de estar a más de cien kilómetros.
