– ¿Tan malo ha sido? -preguntó él en voz baja.

– ¿El qué?

– El divorcio.

Los dedos de Liz se cerraron en el interior de los bolsillos del chaquetón. Le miró con ojos demasiado brillantes y la barbilla en un ángulo obstinado.

– No tienes que seguir jugando al hermano mayor.

– ¿Quién juega al hermano mayor? ¿Eres demasiado mayor para necesitar un amigo?

– No, claro que no.

Liz trató de sonreír. Lo intentó con tanta fuerza que a él le dolió el corazón.

– Ese bastardo te engañó, ¿eh?

– No me compadezcas, Clay. Independientemente de lo que hiciera mi ex marido, me abrió los ojos para ver los errores que había cometido y las elecciones erróneas. En ciertos aspectos, el divorcio ha sido lo mejor que podía pasarme. Necesitaba realizar algunos cambios en mi vida y eso es exactamente lo que estoy haciendo. Estoy perfectamente.

Se sorprendió muchísimo cuando Clay avanzó hacia ella. Seguía con los puños en los bolsillos cuando él la abrazó y la estrechó afectuosamente.

– ¿Qué estas…?

– No pienses que es lástima, boba. Es un abrazo de amigo. Antes compartíamos muchos.

– Sí.

Diez años de distanciamiento se esfumaron en un segundo. Revivió los abrazos de oso de Clay, los cercanos latidos de su corazón, el calor del musculoso cuerpo y las grandes manos. Le rodeó con sus brazos y frotó la mejilla con la barbilla de él. El deseo fluyó por sus venas de modo inevitable como reacción al contacto entre sus pechos y muslos… inevitablemente. Aquella primera noche en casa de ella Liz había temido haber destruido cualquier posibilidad de reiniciar la relación con Clay que en otro tiempo había sido tan preciada para ella.



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