
Cuando Clay puso fin al abrazo, Liz estaba sonriendo. La sonrisa se convirtió en una risita cuando él le empujó la barbilla y le subió la cremallera del chaquetón hasta el cuello como si fuera a enviar a una niña a una tormenta de nieve.
– ¿Tienes algo para la cabeza?
– No.
Él hizo una mueca burlona.
– Nunca quisiste comprarte un sombrero.
– Ni tú tampoco.
– Pero yo soy más duro que tú -le acarició la nariz con la punta del dedo-. De regreso a casa, no aceptes limonadas de hombres que no conozcas.
Ella fingió reflexionar.
– No sé, Clay. Siempre me ha encantado la limonada.
– ¿Serías tan amable de largarte de aquí para que yo pueda trabajar un rato?
La sonrisa de Clay desapareció mientras la veía correr por el aparcamiento resbaladizo por la lluvia. No había tenido intención de abrazarla, ni de tocarla siquiera, pero sólo podía pensar en el bastardo que la había hecho daño. «Estoy perfectamente», había dicho ella. ¿Perfectamente? Tenía la intención de tirar a la basura su profesión, mudarse alocadamente y cambiar toda su vida. Liz representaba para él la luz, el sol, la dulzura… todo lo bueno de la vida, todo lo que es vulnerable. Clay habría cambiado cinco años por cinco minutos con el ex marido de Liz. Debía afrontar la verdad. «La has abrazado porque la deseabas», pensó, «porque siempre la has deseado. Déjala en paz. Ahora mismo es tan vulnerable como el cristal». Liz había sido siempre una dama para caballeros andantes blancos, no para los negros. El coche de ella se había ido y seguía lloviznando mientras él permanecía allí, de pie.
Capítulo Tres
Las hojas se arremolinaban en los tobillos de Liz mientras volvía a casa desde el pueblo. Cada árbol alineado en las calles del vecindario parecía arder al reflejarse el sol en las hojas bermejas, ámbar, melocotón y oro. En las ventanas había pegatinas de esqueletos y calabazas como anticipo de Halloween. Alguien estaba quemando hojas; el olor era delicioso.
