La obstinación de un niño en pos de lo que quería a pesar de la gente. Estaba sentado allí ignorando el peligro. Su aislamiento, su determinación de ser parte de los demás pero no totalmente, fue otra pista. El timbre del recreo provocó un coro de protestas y una estampida de pies hacia las puertas de la escuela. El pequeño se puso de pie con el libro todavía abierto. Liz no pudo resistir la tentación.

– ¿Spencer?

Él se volvió con los ojos castaños guiñados por el sol. Tenía los ojos oscuros de su padre y la misma barbilla desafiante.

– ¿Me conoces?

– No. Conozco a tu padre y en cuanto te vi supe que eras el hijo de Clay.

– Mi papá se llama Clay, pero yo no hablo con desconocidos.

– Haces bien. Sólo quería conocerte, decirte hola. Ya sé que tienes que entrar.

– Sí, arman un jaleo de todos los demonios si llegas tarde -se despidió con la mano-Hasta luego.

Ella parpadeó ante su lenguaje; luego sonrió mientras le observaba. Se dirigía a la puerta con paso tranquilo, arrastrando los cordones de las zapatillas, con la chaqueta abierta a pesar del frío día. Definitivamente era el hijo de Clay

Había algo especial en los varones Stewart. En menos de sesenta segundos de conversación se había enamorado del niño de ocho años. Y una de las verdades a las que estaba intentando enfrentarse después de diez años de ausencia, era que nunca había conseguido dejar de amar a su padre.


En cuanto Clay salió del coche, oyó las maldiciones. Subió la cremallera para protegerse del frío viento y caminó hacia las luces amarillas del garaje. Los imaginativos epítetos salían de debajo del oxidado armazón de un coche. Clay sólo podía ver las largas piernas de Andy extendidas sobre el cemento.

– ¿Necesitas ayuda?

Andy apareció con la cara y las manos tan negras como su ceño.

– Lo que necesito es un coche nuevo.



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