
Liz cerró los ojos para saborear el calor del sol en la cara y el susurro de las hojas sobre su cabeza. La culpa había lastrado sus pasos durante un año. Había cometido un gran error, pero la única manera posible de corregido era asegurarse de que no volviera a suceder. Nunca en toda su vida se había sentido menos segura que, durante aquellas dos semanas sin trabajo y sin nada más a lo que aferrarse que una cuenta corriente en disminución. Estaba totalmente asustada… pero cada vez más decidida. En el pasado había apostado por la seguridad. Nunca más.
Un balón saltó la valla de la escuela y una docena de chicos corrieron hacia ella. Recogió el balón con una sonrisa y lo devolvió y sólo entonces vio a un chico pequeño en medio del grupo. Debía tener ocho o nueve años. Las pecas de su nariz brillaban al sol. Su cabeza era una greña de pelo castaño claro. Sus zapatillas estaban desatadas y tenía un libro enorme en el regazo. El balón pasaba por encima de su cabeza y los otros chicos saltaban a su alrededor. Nunca se movía. En una ocasión levantó la mano pacientemente para evitar un inminente choque entre su cabeza y el balón. Liz estuvo segura de que era el hijo de Clay. No porque estuviera leyendo, ya que Clay jamás había cogido un libro en la escuela a menos que se viera obligado, sino por la actitud del niño.
