
– Voy a hacer palomitas. ¿Quieres otra cerveza?
– No, gracias.
– ¿Cómo está el niño?
– Fastidioso.
Clay siempre tenía que hacer un esfuerzo para ocultar su orgullo.
– Anoche me senté a su lado para ayudarle con los deberes y ya me saca ventaja en matemáticas.
Apoyado en la puerta, Clay observó a su amigo echar aceite en una sartén y ponerla al fuego. Andy era una de las pocas personas que le dejaban hablar de Spencer, pero por una vez Clay no pensaba en su hijo.
– Por el bar van muchas mujeres recién divorciadas -empezó a decir-. Veo lo mismo una y otra vez. No importa la edad que tengan ni cuánto tiempo hayan estado casadas ni cómo les haya ido. Todas parecen haber pasado las mismas etapas durante el proceso de divorcio. Primero, pesar por un matrimonio que ha muerto.
Andy le dirigió una mirada mezcla de paciencia y humor. Anteriormente, sus conversaciones de hombre a hombre nunca habían tenido tintes filosóficos, pero los viejos amigos tienen derecho a ocasionales accesos de locura. Clay continuó tenazmente.
– Después viene la etapa de pánico. No están seguras de poder salir a flote solas, no tienen seguridad en sí mismas, temen volver a cometer un segundo error, intentarlo otra vez…
– ¿Te sientes bien? -interrumpió Andy.
– Me siento muy bien -Clay carraspeó-. Estas dos etapas son muy duras para las mujeres, pero la tercera es la más peligrosa. De repente, se sienten eufóricas. La libertad puede ser una droga potente después de estar atada por los problemas mucho tiempo. De repente una mujer tiene prisa por cambiar, por demostrarse que sigue siendo atractiva, que puede divertirse y volver a vivir. Y está muy bien… pero veo a muchas mujeres hacer cosas que no harían normalmente, cambiar demasiado deprisa, comportarse de un modo inusual, un poquito… raro.
– Muy interesante -dijo Andy gravemente.
Clay se pasó una mano por el pelo.
