
– Sí.
– Me gustaría darte un puntapié -dijo ella en el mismo tono.
Él enarcó las cejas debido a la sorpresa.
– No crees que soy capaz de juzgar el carácter de un hombre por mí misma, ¿verdad? ¿Crees que todavía tengo diecisiete años?
– Creo -dijo Clay lentamente-, que eres más especial, más hermosa, más peligrosa que a los diecisiete años.
Ella sonrió.
– ¿Eso es un cumplido o un insulto?
– No esperarás que conteste esa pregunta.
Ella rió entre dientes con la cabeza apoyada en el respaldo del balancín. Las cadenas chirriaban y tiraban, chirriaban y tiraban. La oscuridad proporcionaba una dulce y tranquilizadora intimidad.
– ¿Clay?
Sus ojos buscaron los de él en la oscuridad.
– ¿Mmmm?
La voz de Liz era ronca y baja.
– No quiero que te preocupes por mí. He cometido errores y estoy pasando una mala época. Eso no significa que no pueda hacerme cargo de mi vida. No he vuelto a casa por creer que aquí sería más fácil, sino porque necesitaba un sitio en donde llegar a un acuerdo conmigo misma. Pero esto tengo que hacerlo yo sola.
Él permaneció en silencio un momento y luego se inclinó hacia delante rápidamente y la hizo volverse. Ella no se resistió, pero sí le sorprendió encontrarse de repente con la espalda contra el pecho de él, la barbilla de Clay en su coronilla y sus brazos entrelazados sobre el estómago.
– Ahora escucha, preciosa. Yo he cometido más errores en un día de los que tú podrías cometer en toda tu vida. Necesitas hablar con alguien. Yo estoy aquí y no debes olvidado nunca. Todo el mundo necesita a alguien en alguna ocasión.
A pesar de las capas de ropa que les separaban, Liz sintió un lento y dulce deseo extenderse desde la punta de los dedos de sus manos a las de los pies. La fría noche de octubre se volvió asfixiante bruscamente.
– ¿Me has oído?
Ella echó la cabeza hacia atrás.
