Un tigre furioso habría sido más fácil de manejar que Clay. Su boca era una fina raya, sus hombros estaban rígidos y sus ojos desafiaban a cualquiera que se cruzara con él. Caminó con él hasta el balancín de madera. Parecía un buen lugar para calmar a un tigre. Las hojas caían del arce. El cielo otoñal estaba salpicado de estrellas. El aire frío era revitalizador y la noche tan suave como seda negra.

– ¿Cómo es posible que haya gente a la que no le gusta el otoño? -preguntó.

Clay no dijo nada. Liz se acurrucó en un extremo del balancín con las rodillas bajo la barbilla. Él se instaló en el extremo opuesto con un pie en el suelo para mantener el balancín en movimiento. Eran las mismas posiciones que habían ocupado diez años antes. La chaqueta de cuero que él llevaba estaba tan usada como la primera vez que se sentaron allí. El silencio se impuso entre ellos. Ella supuso que él lo necesitaba. Observó el juego de la luz de la luna en las facciones de Clay. A pesar de las arrugas que delataban diez años de vida difícil, no había cambiado nada. La misma actitud fuerte, desafiante… La noche, el balanceo y la oscuridad obraron su magia gradualmente. Liz vio relajarse la cara de Clay y sintió un fuerte deseo de abrazarle. No era un deseo de naturaleza sexual. Él había tenido muy poco amor durante su vida y había luchado por todo lo que tenía.

– ¿Un día difícil? -preguntó Liz finalmente.

– Terrible -él se recostó y cruzó los brazos tras la cabeza-. He sido un poco brusco dentro.

– Un poco -dijo ella irónicamente. Las cadenas del balancín chirriaban rítmicamente.

– ¿Lo has pasado bien con Frank?

– Sí.

– ¿Vas a volver a salir con él?

– No. Ha sido divertido estar en casa, volver a ver a los compañeros de la escuela. Frank fue siempre una buena compañía. Tiene un maravilloso sentido del humor. Pero no ha cambiado mucho. Siempre será un hombre superficial. ¿Comprendes lo que quiero decir?



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