– Liz…

Ella oyó el último resto de impaciencia en su voz. Sintió crisparse las manos de él en sus hombros y comprendió que Clay intentaba cortar el contacto. Pero no lo hizo. ¡Pobre hombre! Su boca descendió bruscamente sobre la de Liz. Ella separó los labios y absorbió la presión, saboreando el sabor masculino. Se había equivocado. Una parte de Clay era incomparablemente tierna y vulnerable. Su boca hizo una demostración de un deseo tierno y feroz a la vez. La amoldó a su cuerpo como si hubiera perdido una parte de su ser. Le acarició la cara con dedos inseguros, besándola una y otra vez como si nunca fuera a detenerse. En el balancín no había espacio para hacer el amor. Liz sentía la rodilla de él en la espalda y una de sus piernas estaba incómodamente doblada contra el pecho de él. No importaba. La lengua de Clay le llenaba la boca al tiempo que un sonido áspero y agitado salía de su garganta. Se arqueó contra él, sintiendo el fuerte deseo físico de ser poseída. El deseo era delicioso y muy intenso. Ningún hombre la había hecho sentir aquel deseo, aquella necesidad, aquel… todo.

El roce de su boca, el potente latido de su corazón, el jadeo de su respiración… Clay no estaba besando a la hermana de un amigo. Clay deslizó la palma por la pierna cubierta por la media y subió por la pantorrilla hasta el muslo. Ella le acarició el cuello y sus dedos impacientes trataron de deslizarse bajo la chaqueta y la camisa en busca de la piel. La cremallera de su chaquetón sonó en el silencio de la noche. La mano de Clay encontró su pecho, su cuello y más muslo. Él parecía arder de impaciencia por acariciado todo a la vez.

Una sencilla hoja provocó la interrupción. Una hojita roja y seca que cayó del arce sobre el hombro de Clay. Él retrocedió como si le hubieran golpeado con un ladrillo. En sus ojos oscuros se veía un enorme dolor. La hizo levantarse con él, le colocó la falda y el suéter y le subió la cremallera del chaquetón como si ella estuviera a punto de enfrentarse a una ventisca.



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