
– Ahora, escucha.
Pero no dijo nada. Se puso las manos en las caderas y luego se las pasó por el pelo. Echó un vistazo al cielo y luego fijó la vista por encima del hombro de ella. Los dos evitaban la mirada del otro. Por fin él hizo otro esfuerzo por hablar.
– Oye, esto ha sido un accidente.
– Sí.
– Siempre has confiado en mí. No destruiré esa confianza, Liz. No volverá a pasar.
– Siempre he confiado en ti y ahora confío en ti. Pero esto va a pasar otra vez.
– No, ni hablar.
Ella se acercó, le arregló la camisa, le cerró el chaquetón y le miró a los ojos. Él dejó escapar un suspiro de exasperación.
– Te vas a meter en líos, ¿lo sabes?
– Sí. ¿Lo hemos dejado claro ya?
– Liz
Ella meneó la cabeza. El deseo seguía sofocándola. Era evidente que él la deseaba, pero no quería admitido. Le acarició la mejilla y caminó hacia la puerta.
Capítulo Cuatro
Dos noches después, a las dos de la madrugada, Liz estaba contando ovejas… y camellos, llamas y vacas. Ninguno de ellos estaba haciendo mella en su insomnio, por lo que reconoció inmediatamente la diferencia entre el frío golpeteo de la lluvia y el de los guijarros en su ventana. El hombre que estaba de pie en el césped parecía mojado, helado e impaciente. El muy chiflado sólo llevaba una chaqueta de cuero y su pelo rubio rojizo brillaba de humedad. Liz meneó la cabeza y se puso unos vaqueros, calcetines y un jersey de cuello alto. Luego bajó las escaleras hasta el oscuro vestíbulo. Clay entró en cuanto ella abrió la puerta. Liz volvió a menear la cabeza, medio dormida.
– No tengo camisa de fuerza. Lo siento.
