Y a ellos les dio por limpiar y explorar, cada uno por su lado, el suelo del mundo.

– ¿Dónde estás, Fins?

– En la Antártida. ¿Y tú?

– Yo estoy en la Polinesia.

– ¡Estás muy lejos!

– ¡Si quieres que me acerque, silba!

Fins no esperó mucho. Silbó.

Ella respondió con otro silbido. Y sabía hacerlo mejor y con más fuerza que él.

Se fueron acercando de esa forma. Pero ella iba con los ojos cerrados, sin decirlo. Notó en los pies un accidente. Se detuvo. Abrió los ojos y miró hacia abajo.

– ¡Estoy cerca del Everest! -exclamó-. ¿Tú dónde estás?

– En el Amazonas.

– ¡Ten cuidado!

– ¡Y tú también!

Los interrumpió un crujir de pasos en el tejado. Caía el polvo despacio, resbalando por la luz. Algunos murciélagos salieron de la zona de sombra volando con torpeza de sonámbulos.

La pareja miró hacia arriba. El ruido cesó. La lumbrera los enfocaba. Se despreocuparon.

– Estoy en… Irlanda -aseguró ella.

– Y yo en Cuba.

– Ahora tenemos que ir con mucho cuidado -dijo Leda-. Vamos a atravesar el Mar Tenebroso…

Se acercaban. Se encontraron. Se tocan. Palpan. Las manos son para palpar. Se abrazan. Cuando empiezan a besarse se escucha de nuevo, esta vez con más estrépito, el crujir del tejado.

Leda y Fins, medio cegados por el polvillo, vuelven a mirar hacia arriba. Por el cráter asoma el rostro de Brinco, que imita el ulular de la lechuza.

¡Uluuuuuuuuuuu, uluuuuuuuuuuuuuu!

El intruso escupió un gargajo que cayó al suelo, al lado de la pareja.

– ¡La isla del Puerco! -dijo Leda.

– ¡Se come todo! -gritó él. Y luego se enteraron de que se alejaba por la dirección de los crujidos.



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