
Quique Rumbo detuvo el vehículo cuando llegó a la altura de los portadores del maniquí y apagó el casete que atronaba por los altavoces. Siempre parecía de vuelta de todo.
Acostumbrado a lo imprevisto y adiestrado para darle una respuesta. Aunque según la opinión de Lucho Malpica, Rumbo, Quique Rumbo, tenía días en que hacía tachuelas con los dientes. Bajó con curiosidad la ventanilla del coche.
– ¡Tiene que traer Los chicos con las chicas\ -se adelantó a decir Leda.
– ¡Qué belleza la muñeca, Nove Lúas! -exclamó él, en tono burlón-. ¿Cuánto quieres por ella?
– No está en venta -respondió Leda muy resuelta-. No tiene precio.
No era la primera vez que tanto Rumbo como Fins la habían oído expresarse con esa resolución de feriante que, en realidad, comienza así el trueque. Pero lo que hizo fue echar a andar de nuevo con súbita energía, tirando del maniquí y de Fins.
Rumbo atinó a gritar desde la ventanilla del coche:
– ¡Te equivocas! ¡Todo tiene un precio, nena!
En el crucero del Chafariz, tomó el camino en cuesta que llevaba al Ultramar. Fins abrigaba la esperanza de que finalmente lo vendería, después de repensar un precio. Para su sorpresa, Leda siguió adelante y torció a la izquierda, por la hondonada. Se paró un rato a respirar. Los dos estaban cansados. Pero con un cansancio diferente. La suya era una fatiga descontenta. Pesaba, la puta momia. Como un puto robot.
– ¿No estarás pensando en llevarla allí? -preguntó Fins.
– Sí.
– ¡No!
Leda sonrió decidida. Y volvió a cargar con la rígida belleza.
Sí.
En el interior de la Escuela de los Indianos, la Maniquí Ciega hacía pareja con el Esqueleto Manco. Lo llamaban esqueleto, aunque no lo era con exactitud. Se trataba más bien del Hombre Anatómico. Se podían distinguir los órganos y los músculos, de diferentes colores. Pero habían ido desapareciendo, empezando por el corazón, látex pintado de rojo, y los ojos de vidrio. En todo caso, allí estaba el hombrecito, con sus huesos. Fue entrar y ver el sitio. Uno llamaba al otro.
