El espacio era un verdadero féretro flotando en el mar, muy cerca de la orilla donde rompen y espumean las olas. A modo de una gamela, estaba atado por un cabo sostenido por Brinco. Tiraba de él, atrayéndolo, y volvía a dejarlo ir aprovechando el reflujo de las aguas. A su lado, sobre la arena, había algunos ataúdes enteros y otros rotos, extraños botes moribundos, los forros rojos a la vista, restos perplejos de un naufragio del Más Allá.

El juego empezaba a angustiarlo. Para tranquilizarse, como hacía con otros ahogos, Fins trató de acompasar su respiración agitada al son y al ritmo del repique de las olas.

Contó diez inspiraciones. Empezó a gritar.

– ¡Brinco! ¡Brinco! ¡Sácame de aquí, cabrón!

Esperó. No sintió ninguna voz ni notó ningún movimiento especial que indicase que la llamada iba a ser atendida. A veces, se sorprendía hablando a solas. Pensó que era otra rareza suya, una derivación más del pequeño mal. Pero cuando uno encuentra una avería, procura inspeccionar hasta qué punto es común. Y había llegado a la conclusión de que todo el mundo hablaba solo. La madre. El padre. Las mariscadoras. Las pescaderas. Las recogedoras de algas. Las lavanderas. La lechera. El peón caminero. El ciego Birimbau. El cura. El Desterrado. El médico Fonseca, en sus paseos solitarios. El encargado del Ultramar, el padre de Brinco, cuando sacaba brillo a las copas. Mariscal, después de chocar el badajo de hielo en su vaso de güisqui. Leda, con los pies descalzos en el ribete de las olas. Sí, todo el mundo hablaba solo.

– Qué cabrón. Te voy a arrancar el alma del cuerpo. Los gusanos de la cabeza uno por uno.

Batió adrede con la frente en la tapa del ataúd. Volvió a gritar, esta vez al límite de sus fuerzas. Un socorro internacional.

– ¡Víctor, hijo de puta!

Se lo pensó mejor. Aún había otra posibilidad. Lo que más lo enfurecía.

– ¡Me cago en tu padre, Brinco!

Bueno. Si eso no surtía efecto de inmediato, habría que resignarse. Respiró profundamente. Soñó que venía Nove Lúas a echarle una mano. Y por la orilla, descalza, jugando a equilibrista con las chinelas en la mano, se acercó Leda. Llevaba en la cabeza, sobre un rebujo de trapos, una canasta de pesca, hecha de mimbre, llena de erizos de mar.



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