Al ver a la chica, Brinco tiró con fuerza del ataúd hacia la orilla.

– ¿Qué haces? Eso trae mala suerte.

Brinco se llevó el dedo índice a la boca para que callase. Leda dejó la cesta posada en la arena y se acercó intrigada al ver aquellos restos de muerte futurista arrojados a la playa.

– ¡Déjate de tonterías y ayúdame! -ordenó el muchacho.

Leda le hizo caso y también tiró de la cuerda hasta que el ataúd flotante quedó varado en la arena.

– Dentro hay un bicho asqueroso -aseguró Brinco burlón-. ¡Ven a ver!

Leda se acercó con curiosidad, pero también con desconfianza.

Brinco levantó la tapa del féretro. Fins permaneció inmóvil, la cara pálida, conteniendo el aire, amarrados los brazos al cuerpo por un cinturón muy apretado, con los ojos cerrados y la postura de un cuerpo difunto.

Leda lo miró con asombro, incapaz de hablar.

– ¿Resucitas o no, calamidad? -preguntó Brinco con sorna-. ¡Llegó la Virgen del Mar!

Fins abrió los ojos. Y se encontró con el rostro asombrado de Leda. Ella se puso de rodillas y lo miró con los ojos muy abiertos, con una humedad brillante, pero de pronto alegres. Lo que dijo fue una protesta:

– ¡Sois idiotas! ¡No se juega con la muerte!

Leda tocó con las yemas de los dedos los párpados de Fins.

– Jugar? Estaba muerto -dijo Brinco-. Tenías que haberlo visto. Se quedó pálido, tieso… ¡Joder, Fins! ¡Parecías un cadáver!

Leda exploraba a Fins, auscultándolo con la mirada, como si compartiese con ese cuerpo un secreto.

– No tiene nada. Sólo son… ausencias.

– ¿Ausencias?

– Sí, ausencias, ¡se llaman así! Ausencias. No es nada. Y no vayas largándolo por ahí…



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