
Charles se le quedó mirando un rato y luego asintió.
– Podría decirse que sois sencillamente más honesto que otros que piensan igual. -Gyles no replicó-. Muy bien… Ahora comprendo lo que buscáis, pero ¿por qué habéis pensado en Francesca?
– Por la heredad Gatting. Fue, hace siglos, cedida en testamento a una viuda. De hecho, es posible que fuera ya en su día motivo de otro matrimonio concertado: la propiedad completa el círculo de la hacienda Lambourn. Nunca debió desgajarse de ella, pero dado que no estaba vinculada al título, algún antepasado insensato la legó a un hijo menor, y esto se convirtió en algo así como una tradición… -Gyles frunció el ceño-. Gerrard era el mayor, ¿no es así? ¿Cómo es que usted heredó este lugar y él heredó Gatting?
– Mi padre -contestó Charles con una mueca-. Se peleó con Gerrard, al parecer porque Gerrard se negó a casarse según él había concertado. Gerrard se casó por amor y se fue a Italia, mientras que yo…
– ¿Contrajo el matrimonio concertado que su hermano había rechazado?
Charles asintió.
– De forma que mi padre reformó su testamento. Gerrard recibió la heredad Gatting, que debía corresponderme a mí, y yo me quedé con la mansión. -Sonrió-. A Gerrard le importó un comino. Incluso tras la muerte de mi padre, siguió viviendo en Italia.
– Hasta su muerte. ¿Cómo ocurrió?
– Un accidente en barco, de noche, en el lago de Lugano. Nadie se enteró hasta la mañana siguiente. Tanto Gerrard como Katrina se ahogaron.
– Y así fue como Francesca vino a vivir con usted.
– Sí. Lleva con nosotros casi dos años.
– ¿Cómo la describiría?
– ¿A Francesca? -A Charles se le endulzó la expresión-. ¡Es una chica maravillosa! Un soplo de aire fresco y un rayo de sol, todo en uno. Es curioso, pero aunque es una muchacha muy animada, también es apacible… Una contradicción, lo sé, y sin embargo… -Charles miró a Gyles.
