
– Tengo entendido que tiene veintitrés años. ¿Hay algún motivo para que no se haya casado todavía?
– Nada en concreto. Con anterioridad al accidente del lago, Gerrard y Katrina, y también Francesca, habían hablado de estudiar en serio la cuestión de buscarle marido, pero entonces tuvo lugar el fallecimiento de ambos. Francesca se empeñó en guardar el periodo de luto en su integridad: era hija única y estaba muy unida a sus padres. Así que no empezó a hacer vida social hasta hace un año o así. -Charles hizo una leve mueca-. Por razones con las que no voy a aburrirle, nosotros no recibimos. Francesca asiste a las reuniones y bailes locales bajo los auspicios de lady Willington, una de nuestras vecinas…
El discurso de Charles se apagó. Gyles alzó una ceja.
– ¿Cómo es eso?
Charles lo observó, pensativo, y luego pareció tomar una decisión.
– Francesca está buscando activamente un marido desde hace un año. Fue a petición suya que solicitamos la ayuda de lady Willington.
– ¿Y ha conocido a alguien que considere adecuado?
– Lo cierto es que no. Creo que conserva pocas esperanzas de dar con un candidato idóneo por estos pagos.
Gyles miró a Charles fijamente.
– Aunque sea una pregunta indiscreta, ¿cree que su sobrina podría encontrarme idóneo a mí?
Charles esbozó una sonrisa irónica y fugaz.
– Por lo que tengo entendido, si vos deseáis que os considere idóneo, así será. Podríais encandilar a cualquier incauta muchacha con sólo proponéroslo.
La sonrisa de Gyles fue un reflejo de la de Charles.
– Desafortunadamente, valerme en este caso de ese talento en concreto podría resultar contraproducente. Quiero una novia dócil, no locamente enamorada.
– Cierto.
Gyles escrutó a Charles, a continuación estiró las piernas y cruzó sus tobillos enfundados en las botas.
– Charles, voy a colocarle en una situación ingrata y reclamarle la ayuda que me debe como cabeza de la casa que soy. ¿Sabe de algún motivo que pudiera desaconsejar convertir a Francesca Rawlings en la próxima condesa de Chillingworth?
