
La sala estaba vacía. Los tacones de sus botas repiquetearon en las baldosas mientras la cruzaba en dirección a las escaleras. Estaba a mitad del primer tramo cuando se abrió la puerta del despacho de su tío. Ester salió, la vio y le sonrió.
– Ahí estás, querida.
Francesca dio la vuelta.
– Lo siento mucho… Hacía tan buen día que he cabalgado y cabalgado y he perdido la noción del tiempo. La he oído llamarme y he venido corriendo. ¿Ocurre algo?
– No, en absoluto. -Ester, una dama alta de rostro caballuno pero ojos rebosantes de bondad, sonrió afectuosamente al detenerse Francesca delante de ella. Extendiendo el brazo, retiró el frívolo gorro de montar de los rebeldes rizos de Francesca-. Tu tío desea hablar contigo, pero lejos de tratarse de algo malo, sospecho que te interesará mucho lo que ha de decirte. Ya te subo yo esto -Ester reparó en los guantes de montar y la fusta que Francesca sostenía en una mano y los cogió-, y esto también. Venga, adelante… Te está esperando para contártelo.
Ester señaló con un ademán la puerta abierta del despacho. Intrigada, Francesca entró y la cerró tras de sí. Charles estaba sentado ante el escritorio, estudiando una carta. Al oír el chasquido del pestillo, alzó la vista y sonrió radiante.
– Francesca, querida muchacha, ven y siéntate. Acabo de recibir una noticia de lo más sorprendente.
Mientras cruzaba en dirección a la butaca que le indicaba, no la de enfrente del escritorio sino la situada al lado, Francesca podía haberlo deducido por sí misma. A Charles le brillaban los ojos, no los tenía ensombrecidos por alguna preocupación innombrable, como tan a menudo sucedía. Su rostro, apesadumbrado con excesiva frecuencia, resplandecía ahora con inconfundible regocijo. Se dejó caer en la butaca.
