
– ¿Y me concierne, esta noticia?
– Pues sí, ciertamente. -Se giró hacia ella y apoyó los antebrazos en las rodillas para que su cara quedara a la altura de la suya-. Querida mía, acabo de recibir una oferta por tu mano.
Francesca le miró con asombro.
– ¿Por parte de quién?
Oyó su propia pregunta serena y se maravilló de haber conseguido formularla. Su pensamiento galopaba en doce direcciones diferentes, el corazón volvía a latirle con fuerza, sus especulaciones se descontrolaban. Tenía que batallar para permanecer inmóvil, para tener presente el no perder las formas.
– De un caballero… De un noble, de hecho. La oferta es de Chillingworth.
– ¿Chillingworth? -Su voz sonó forzada incluso para ella. A duras penas osaba dar crédito a sus oídos. Aquella visión en su cabeza. Charles se reclinó hacia delante y la tomó de la mano.
– Querida mía, el conde de Chillingworth ha hecho una propuesta formal de matrimonio.
Cuando Charles hubo acabado de explicársela, con minuciosidad exasperante y reiterativa, el asombro de Francesca era aún mayor.
– Un matrimonio concertado. -Le costaba creerlo. Si viniera de otro caballero, aún; los ingleses eran tan… flemáticos. Pero de él, del hombre que la había sostenido en sus brazos preguntándose cómo sería…, con ella… Algo no encajaba.
– Ha sido categórico en que te quedara claro ese punto. -Charles mantenía su mirada amable y seria clavada en su rostro-. Querida mía, no te apremiaría a que aceptaras si no te sintieras cómoda con el acuerdo, pero tampoco cumpliría con mi deber en tanto que tutor tuyo si no te dijera que aunque la forma en que Chillingworth ha abordado el asunto pueda parecer fría, es honesta. Muchos hombres lo sienten de la misma manera pero vestirían sus propuestas de un gusto más atractivo a fin de ganarse tu corazón romántico.
Francesca hizo un ademán desdeñoso.
