– Francesca Hermione Rawlings. -Gyles consideró el nombre-. ¿Y por lo que respecta a la dama misma?

– La tarea resultó más fácil de lo que había previsto. La familia recibía visitas con frecuencia. Cualquier miembro de la nobleza que pasara por el norte de Italia tenía ocasión de conocerles. Tengo descripciones de lady Kenilworth, la señora Foxmartin, lady Lucas y la condesa de Morpleth.

– ¿Cuál es el veredicto?

– Una joven encantadora. Agradable. Agraciada. Una criatura deliciosa en extremo; esto lo dijo la anciana lady Kenilworth. Una joven dama de exquisita crianza, según afirmó la condesa.

– ¿Quién la calificó de agraciada? -preguntó Horace.

– De hecho, todas dijeron eso, o emplearon expresiones similares. -Waring echó un vistazo a sus informes y se los tendió a Gyles.

Gyles los cogió y examinó.

– En conjunto, describen un dechado de virtudes. -Alzó las cejas-. A caballo regalado, ya se sabe… -Le pasó los informes a Horace-. ¿Qué hay de lo demás?

– La joven tiene ahora veintitrés años, pero no hay noticia ni rumores de un posible matrimonio. Es cierto que las damas con las que hablé hacía tiempo que no veían a la señorita Rawlings. Aunque la mayoría de ellas estaba al tanto de la trágica muerte de sus padres y sabían que había regresado a Inglaterra, ninguna la había visto desde entonces. Esto me extrañó, así que seguí investigando por esa línea. La señorita Rawlings reside con su tío en la mansión Rawlings, cerca de Lindhurst, y sin embargo no he podido localizar a nadie que se encuentre actualmente en la capital que haya visto a la dama, a su tutor o a ningún otro miembro de la familia en los últimos años.

Waring miró a Gyles.

– Si lo deseáis, puedo enviar a alguien a informarse de la situación sobre el terreno. Con discreción, por supuesto.

Gyles reflexionó. La impaciencia -dejar resuelto y ultimado todo el asunto de su casamiento de una vez- prendió en él.



6 из 444