– No. Me ocuparé personalmente. -Miró a Horace y esbozó una sonrisa irónica-. Ser el cabeza de familia tiene algunas ventajas.

Tras felicitar a Waring por su excelente trabajo, Gyles lo acompañó al vestíbulo. Horace les siguió; se fue tras Waring, anunciando su intención de volver al castillo de Lambourn al día siguiente. La puerta principal se cerró. Gyles dio media vuelta y subió por la amplia escalinata.

Un aire de discreta elegancia y la gracia inconfundible de la riqueza antigua le rodeaban, pero había una cierta frialdad en su casa, un vacío que helaba el ánimo. Aun siendo de un clasicismo sólido y atemporal, su hogar carecía de calor humano. Desde lo alto de las escaleras, contempló el imponente escenario y concluyó que era ya hora sin duda de hallar una dama que subsanara esa carencia.

Francesca Hermione Rawlings encabezaba con holgura la lista de candidatas a asumir la tarea. Aparte de todo, ansiaba de veras hacerse con la escritura de la heredad Gatting. Había más nombres en su lista, pero ninguna otra dama igualaba las credenciales de la señorita Rawlings. Claro que podía resultar igualmente inelegible por una razón u otra; si ése fuera el caso, lo averiguaría mañana.

No tenía sentido perder más tiempo, dándole al destino la oportunidad de desbaratar sus planes.

Viajó a Hampshire a la mañana siguiente y llegó a Lindhurst a primera hora de la tarde. Se detuvo bajo el rótulo del Lyndhurst Arms. Allí reservó habitaciones y dejó a Maxwell, su asistente, a cargo de los caballos. Él alquiló un caballo de caza, zaino, y partió hacia la mansión Rawlings.

Según el posadero, que había resultado muy locuaz, su lejano pariente sir Charles Rawlings llevaba una vida recluida en lo más profundo del Bosque Nuevo. El camino, no obstante, estaba bien nivelado, y al llegar a las verjas de la casa las encontró abiertas. Entró a lomos de su zaino, cuyos cascos tamborileaban sonoramente por el sendero de grava. El arbolado clareaba hasta dar paso a una amplia extensión de césped que rodeaba una casa de desvaído ladrillo rojo, con secciones de techo de dos aguas y otras almenadas y rematadas por una torre solitaria en un extremo. No había nada nuevo en el edificio, ni tan siquiera georgiano. La mansión Rawlings estaba bien cuidada, sin ser ostentosa.



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