
Gyles sonrió, y se lo dijo.
– ¿Francesca?
Se habían retirado a la privacidad del despacho de Charles. Tras conducir a Gyles a una cómoda butaca, Charles se dejó caer en la situada detrás de su mesa.
– Lo siento… No acierto a comprender qué interés podéis tener en Francesca.
– Por lo que a eso respecta, no estoy seguro, pero el… ¿dilema en que me hallo, podríamos decir? es de lo más corriente. Como cabeza de familia, se espera de mí que contraiga matrimonio. En mi caso, engendrar un heredero constituye más bien una necesidad imperiosa.
Gyles hizo una pausa y, a continuación, preguntó:
– ¿Conoce a Osbert Rawlings?
– ¿Osbert? ¿Os referís al hijo de Henry? -Al asentir Gyles, a Charles se le demudó la expresión-. ¿No es el que quiere ser poeta?
– Quería ser poeta, sí. Ahora es poeta, lo cual es infinitamente peor.
– ¡Dios Santo! ¿Despistado, desgarbado, que no sabe nunca qué hacer con las manos?
– Ése es Osbert. Entenderá por qué la familia confía en que cumpla con mi deber. Para hacerle justicia, al mismo Osbert le aterroriza que no lo haga y tenga él que ponerse en mi pellejo.
– Me lo figuro. Ya de chico no tenía sangre en las venas.
– Así pues, habiendo cumplido ya los treinta y cinco, me he propuesto encontrar una esposa.
– ¿Y habéis pensado en Francesca?
– Antes de pasar a discutir los detalles, deseo aclarar una cuestión. Lo que busco es una novia dócil dispuesta a embarcarse en un matrimonio concertado.
– Concertado… -Charles frunció el ceño-. ¿Os referís a un matrimonio de conveniencia?
Gyles enarcó las cejas.
– Eso me ha parecido siempre una paradoja. ¿Cómo puede el matrimonio resultar conveniente?
Charles no sonrió.
– Tal vez sea mejor que expliquéis lo que andáis buscando.
– Deseo contraer matrimonio concertado con una dama de cuna, crianza y conducta adecuadas para desempeñar el papel de mi condesa y proporcionarnos a mi familia y a mí los herederos que precisamos.
