Desde el patio de entrada se extendía un parterre que separaba un viejo muro de piedra del césped que rodeaba un lago decorativo. Oculto tras el muro discurría un jardín en torno a la casa; más allá se observaba un macizo de arbustos bien recortado.

Gyles detuvo el caballo ante la escalera de entrada. Oyó ruido de pisadas. Desmontó, tendió las riendas al mozo caballerizo que se precipitaba a atenderle, subió decidido los escalones que conducían a la puerta y llamó.

– Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?

Gyles examinó al corpulento mayordomo.

– El conde de Chillingworth. Deseo ver a sir Charles Rawlings.

Había que reconocerle al mayordomo la virtud de pestañear una sola vez.

– Ciertamente, señor… milord. Si me hacéis el favor de entrar, avisaré a sir Charles de vuestra llegada de inmediato.

Conducido al salón, Gyles se paseaba inquieto: una inexplicable sensación de estar tan sólo un paso por delante del destino avivaba su impaciencia. La culpa era de Diablo, evidentemente. Ser un Cynster, siquiera honorario, ya era tentar al destino.

La puerta se abrió. Gyles se dio la vuelta al tiempo que entraba un caballero, una versión de sí mismo de mayor edad, dulcificada y más grave, con la misma complexión larguirucha, el mismo pelo castaño. Pese al hecho de que no conocía con anterioridad a Charles Rawlings, Gyles lo habría identificado al instante como un pariente.

– ¿Chillingworth? ¡Vaya! -Charles pestañeó, asimilando el parecido, que hacía superflua cualquier respuesta a su pregunta. Se recuperó rápidamente-. Bienvenido, milord. ¿A qué debemos este placer?



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