
– Si tiene que ocurrir algo, lo hará en los primeros minutos después del despegue -dijo él.
– Sí, eso ya lo sé. En los primeros noventa segundos -respondió Lily-. Por lo tanto, si vamos a morir, va a ocurrir realmente pronto. Eso me hace sentirme mejor -añadió; lo miró y vio que se le dibujaba una sonrisa en el rostro.
– Ahora usted está empezando a asustarme.
– Lo siento -murmuró ella.
Aidan soltó una carcajada.
– ¿Por qué no hace usted más que disculparse?
– Lo siento -repitió ella. Entonces, contuvo la respiración y forzó otra sonrisa.
Una azafata se detuvo junto al asiento de Aidan y le dedicó una cálida sonrisa mientras le dejaba la cerveza que él había pedido sobre la mesita. Lily miró hacia el otro lado del pasillo y vio que otra pasajera estaba mirando fijamente a Aidan. Parecía que todas las mujeres que había en la cercanía de donde ellos estaban sentían una profunda fascinación por saber qué era lo que él había pedido para beber.
Se atrevió a mirarle el perfil. Efectivamente, compartía algunas cualidades con los dioses griegos, pero los hombres guapos abundaban en la ciudad de Los Ángeles. No obstante, ella jamás había estado tan cerca de uno. El codo de él le rozaba el suyo, pero Lily decidió mantener su espacio y se negó a apartar el brazo del lugar donde lo tenía apoyado.
Él se giró para mirarla. Lily apartó rápidamente los ojos, pero no pudo impedir que él se diera cuenta de que lo estaba observando.
