– Una cerveza, por favor -dijo él.

Oh, Dios. No sonaba del modo en el que tenía que sonar. Aquel día en el aeropuerto no había tenido oportunidad de hablar con él, pero había visto una entrevista que le realizaban en televisión. Siempre había parecido muy distante. Hablaba con voz cuidadosa, medida, en cierto modo pagada de sí misma. En aquellos momentos, al pedir aquella cerveza, sonó como un tipo muy majo.

Lily entrelazó los dedos con fuerza sobre el regazo y se dio cuenta de que aún tenía abierto el álbum de fotos. Lo cerró con un golpe seco y lo guardó inmediatamente en su bolso. ¿Cuánto tiempo podría permanecer allí callada sin hablar? Más tarde o más temprano, alguien tendría que decir algo. No podrían ignorarse por completo durante un vuelo que duraba seis horas.

– Relájese. No va a ocurrir nada.

Lily se colocó las gafas y le dedicó una débil sonrisa.

– Yo… yo no tengo miedo.

Él lanzó una carcajada y señaló el libro que ella tenía sobre la mesita.

– El viajero aerofóbico -murmuró-. Menudo título. Resulta sonoro. Pero la verdad es que el dibujo del avioncito sonriente sugiere que el libro trata de gente a la que le gusta volar.

Durante un instante, Lily se relajó lo suficiente como para poder mirarlo. El cabello oscuro y revuelto, la esculpida boca, los ojos azules claros que parecían atravesarla de parte a parte… Comparado con los encorsetados atuendos que llevaban la mayoría de los viajeros de primera clase, aquellas ropas tan informales le daban un aspecto peligroso.

Sintió un escalofrío por la espalda. Había leído cientos de descripciones románticas de la belleza masculina, desde Jane Austen a Joan Collins, pero, por mucho que se esforzara, no podía recordar ninguna que le hiciera justicia Aidan Pierce. Él era, en el más amplio sentido de la palabra, perfecto.

– Yo… lo siento -murmuró-. Tiene razón. No me gusta volar -añadió.



10 из 155