Dado que vivía en Los Ángeles, había visto bastantes hombres guapos. Sin embargo, siempre había logrado descartarlos a todos porque no encajaban con la imagen de perfección que ella se había hecho de un hombre. Aidan Pierce estaba muy cerca de ser perfecto.

Tragó saliva y forzó una sonrisa.

– Demasiado joven para ti.

– Estoy pensando en cambiar mis reglas. Ya no me parece que resultaría patético que yo saliera con hombres menores de treinta años -replicó Miranda-. Desde luego, no sería demasiado joven para ti -añadió reclinándose en su butaca-. ¿Por qué no nos acercamos a él y nos presentamos? Podríamos preguntarle si quiere tomar algo.

Miranda hizo ademán de ponerse de pie, pero Lily se lo impidió, agarrándola por el brazo y obligándola a tomar de nuevo asiento.

– ¡Quieta! -exclamó. Sintió que se sonrojaba.

Miranda suspiró dramáticamente.

– Sabes que te adoro, cariño, pero no puedes vivir conmigo durante el resto de tu vida. Necesitas salir, divertirte y disfrutar del mundo.

– ¿Y lo voy a conseguir por el hecho de que tú me arrojes en brazos de un desconocido?

De mala gana, Miranda tomó su copia del Vogue y comenzó a hojearlo.

– Yo no diría que ése sea un desconocido precisamente. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste relaciones sexuales?

– Eso no es asunto tuyo -musitó Lily.

Como Miranda estaba distraída con su revista, Lily tuvo oportunidad de observar a Aidan Pierce. Iba vestido de un modo informal, con bermudas safari, una camiseta de algodón deslucido arremangada hasta los codos y chanclas. Tenía el cabello revuelto, como si acabara de levantarse de la cama para tomar aquel vuelo. Y lucía una barba de dos o tres días.

No pudo evitar experimentar un escalofrío al imaginarse el cuerpo que habría bajo aquellas prendas. Había mujeres en el mundo, en la ciudad de Los Ángeles, que sabían perfectamente el aspecto que Aidan Pierce tenía desnudo, mujeres que, seguramente, lo habrían tocado de todas las maneras posibles.



3 из 155