Un gemido se le escapó de los labios, sonido que disimuló con una tos. Entonces, miró a Miranda. Observó con desolación que su madrina la estaba observando con una sonrisa en el rostro.

– ¿Qué ocurre? -murmuró Lily.

– Te parece atractivo.

– Por supuesto. ¿Y a quién no?

Lily volvió a observar a Aidan, y vio que una joven se le sentaba repentinamente en el regazo. Él se rebulló debajo de ella con un gesto de incomodidad, pero la mujer se negó a levantarse.

– ¿Ves? Tiene novia. Ya no está disponible.

Miranda se concentró de nuevo en su revista.

– No le va a durar mucho. He leído en las revistas que sale con todas las actrices más hermosas de Hollywood y que luego las deja un mes o dos más tarde. Su problema es que necesita una mujer de verdad. Como tú.

– No creo que ese hombre pudiera interesarse por mí -murmuró Lily. A pesar de que Miranda había hecho todo lo que había podido para convertirla en una belleza, Lily seguía sintiéndose… corriente.

Miranda se rebulló en la silla y miró a Lily.

– ¿Es que no has aprendido nada de ese libro que has escrito? Una mujer puede seducir al hombre que se proponga. Simplemente tiene que estar segura de su sex-appeal.

Lily sacudió la cabeza.

– Yo no escribí Cómo seducir a un hombre en diez minutos. Lo escribiste tú.

Durante los últimos doce meses, Lily había estado ayudando a Miranda a escribir un manual sobre sexo, un libro que instruyera a las mujeres sobre las técnicas más eficaces para seducir a un hombre. La fama de Miranda se debía a las novelas de intriga que había escrito y que siempre habían sido superventas, pero una razón desconocida la había animado a cambiar de género. Como sabía que sus editores no iban a estar de acuerdo con el cambio, había vendido el libro utilizando el seudónimo de Lacey St. Claire.



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