– Está embarazada. Erin y yo vamos a tener un hijo. Nos casaremos en el ayuntamiento la semana que viene.

La copa de vino cayó en el fregadero y se hizo añicos.

– Sé que éste no es el mejor momento, pero…

Isabel sintió un calambre en el estómago. Quería detener a Michael. Detener el tiempo. Hacer retroceder las manecillas del reloj para que nada de eso estuviese ocurriendo.

Él estaba pálido y parecía hundido.

– Los dos sabemos que lo nuestro no habría funcionado -añadió.

El aire se atascó en los pulmones de Isabel.

– Eso no es cierto. Habría sido… Habría…

No podía respirar.

– Excepto para cuestiones de negocios, apenas nos vemos.

Ella boqueó. Aferró la pulsera de oro que llevaba en la muñeca.

– Hemos estado… hemos estado demasiado ocupados, eso es todo.

– ¡No hacemos el amor desde hace seis meses!

– Es… es algo temporal. -Apreció en su propia voz el mismo tono histérico de su madre, y se esforzó por mantener la calma-. Nuestra relación… nunca ha estado basada en el sexo. Ya hemos hablado de eso. Es una situación… temporal -insistió.

Michael retrocedió un paso.

– ¡Por favor, Isabel! No te engañes. Nuestra vida sexual no está programada en tu jodido ordenador portátil, por eso no existe.

– ¡No me hables de ordenadores portátiles! ¡Tú te llevas el tuyo a la cama por la noche!

– ¡Al menos me calienta la mano!

Ella sintió como si la hubiese abofeteado.

Él se arrepintió de esas palabras hirientes.

– Lo siento. Eso era innecesario. Y además no es cierto. La mayoría de las veces estuvo bien. Sólo que… -Hizo un leve gesto-. Necesito pasión. Isabel se aferró a la encimera.

– ¿Pasión? Somos adultos. -Intentó sosegarse, respirar hondo-. Si no te hace feliz nuestra vida sexual, podemos… acudir a un sexólogo. -Pero no había remedio. Aquella mujer llevaba en su vientre el hijo de Michael. El hijo que Isabel había planeado tener algún día.



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